| ¿El
pan nuestro de cada día? o ¿moda del momento?
Tecnologías y prácticas pedagógicas
Efrén
Lepe Caamaño
“Dame tu mail, yo me pongo en contacto…”
esa es una frase que cada vez más escucho como final
lo mismo de una dilatada plática que en un breve encuentro
de pasillo. Me la dice igual un colega que un estudiante,
incluso, a la hora de solicitar un presupuesto sobre algún
bien o servicio es cada vez más frecuente que no me
den la información hasta vuelta de correo –electrónico-.
Con esta idea resumo una característica del mundo
contemporáneo, de las maneras como nos relacionamos,
de los modos como los grupos sociales nos reconocemos o excluimos.
La tecnología ha llegado para quedarse, pudiera afirmar
un apocalíptico de la posmodernidad, sin embargo me
queda la inquietud de reconocer los referentes anclados detrás
de esa afirmación; ¿a qué le podemos
llamar tecnología? ¿Desde cuándo somos
seres tecnológicos? ¿De qué nos ha servido
esta –la tecnología- extensión de nuestra
esfera de influencia, potenciadora de nuestras capacidades,
eficientadora de nuestros recursos? Y ya con ganas de hacer
preguntas que me interpelan en mi proyecto de vida laboral,
¿cómo he utilizado la tecnología en los
procesos pedagógicos que, como profesor, me son propios?,
¿cuáles fines persigo al incorporar tecnologías
a mi docencia?, ¿cuáles han sido mis aprendizajes,
mis nuevos retos, mis incertidumbres?
Al final del pasillo, una luz: tengo muchas dudas; esa es
mi gran conclusión, tengo muchas dudas… Dudas
de diferentes niveles, dudas que deben ser respondidas por
diversos actores, dudas que el tiempo me responderá.
Sin embargo, cuento con una enorme certeza derivada de lo
expresado en el primer párrafo de este escrito: en
las maneras de entender el mundo, hoy por hoy y en nuestro
entorno, las herramientas informáticas nos desbordan,
nos abarcan, nos llevan a nuevos escenarios –queramos
o no- nos obligan a mirarnos en el espejo y reflexionar sobre
nuestros desempeños, nuestras apuestas y nuestras limitaciones.
Esta idea de mundo tecnologizado la he corroborado en la
interacción con mis alumnos a quienes, en su mayoría,
les es difícil escribir una cuartilla donde consignen
sus gustos o disgustos. Los mismos alumnos quienes pueden
pasar un par de horas diarias chateando acerca de gustos,
fobias, intimidades, banalidades, ideas de trascendencia,
sueños trascendentales y otras muchas cosas de manera
tan fluida y hábil, de manera que se pueden dar –lo
que para mí es un lujo- la oportunidad de establecer
diálogos con varias personas a la vez en canales diferentes
de comunicación.
Frente a estos jóvenes, mis inquietudes por incorporar
tecnología en mi ejercicio profesional tienen mucho
que ver con un sentido de comunicación, de intercambio
de códigos, de puesta en común de escenarios
circunscritos en esferas de interés común (muchas
veces el contenido de clase, pero no exclusivamente). Pretendo
lograr el diálogo con mis alumnos -algunas veces con
un sentido lúdico otras con un propósito formativo-
apropiándome de las herramientas de comunicación
que les son propias, de las maneras de uso de tales herramientas
y de los códigos de lenguaje particular a cada medio
(los emoticones, las onomatopeyas, las contracciones excesivas
–casi crípticas pero universalmente aceptadas-).
Mis observaciones hasta ahora son pobres pues reconozco que
me faltan puntos de referencia, referentes teóricos
que me expliquen aquello que observo. Por otro lado, en un
nivel más visceral reconozco mis logros: mis alumnos
reconocen las ventajas de aprovechar los recursos que las
tecnologías de información y comunicación
ofrecen como insumos para una clase presencial además
de interpelarlos con los lenguajes y en los canales en que
ellos se desempeñan de manera natural.
Cabe aclarar una idea: mis clases son presenciales y en ellas
la incorporación de tecnología no es tan abierta
y contundente como lo es en el tiempo que, por reglamento,
ellos deben dedicar a la materia fuera de aula. Llegué
a esta regla personal no escrita a partir de una experiencia
de fracaso: propuse y forcé al grupo a una dinámica
de debate haciendo uso de la computadora a través de
un foro en línea (la experiencia fue mala, los alumnos
se dispersaron, cuando hubo cierto nivel de continuidad en
las participaciones la profundidad de las reflexiones era
pobre y, en su mayoría, reportaron aburrimiento y no
le encontraron sentido al ejercicio; en ese momento reconocí
que el foro no me ofreció otra cosa que distracción
a la clase pues no está pensado para un espacio donde
los participantes están frente a frente…). Desde
entonces, si lo que pretendo hacer lo puedo lograr sin hacer
uso de TIC prescindo de ellas y las reservo para momentos
o situaciones donde las dinámicas y herramientas propias
de la docencia presencial son rebasadas.
Quedan pendientes muchas variables de la ecuación
profesor-TIC, algunas de ellas me compete a mi resolverlas,
(maneras de aprehenderlas, claridades en los propósitos
al emplearlas, maneras de evaluar las experiencias), mientras
que otras están en el ámbito institucional (mi
universidad será quien defina cómo se reconocerá
–académica, económicamente- al docente
que incorpora con calidad y de manera exitosa las TIC a su
docencia) o, incluso, en el ámbito social (cuál
es la relevancia, pertinencia, vigencia del tutor en línea
en un escenario educativo latinoamericano, con sus contrastes,
sus rezagos, sus necesidades, sus realidades.
Una cosa es cierta, las TIC nos son moda pasajera, son los
espacios desde los cuales se dictarán las nuevas formas
de hacer cultura y, ¿qué fenómeno humano
es más cultural que el de la educación? Yo,
por lo pronto, me subo al barco pues sé que en él
he de explorar nuevos horizontes.
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